Romance de la Sirena de las Islas Mirandas

(Romance octosílabo, rima asonante en los versos pares)



En la ría de Ares canta

una voz que no se apaga,

la de una sirena antigua

de escamas color de plata.

Surcaba con delfines limpios

las ondas de la mañana,

jugaba con las gaviotas

y al sol dormía en las playas.


Tres islas eran su trono,

tres joyas de agua encantada:

Mirandiña, Pequeña,

y la mayor, la más alta.

Jamás dejó que un humano

su canto dulce escuchara,

pero un día un caballero

la miró desde la playa.


Era hidalgo de Galicia,

de nobleza bien ganada,

y al ver la cola rosada

quedó el alma enamorada.

Le habló con rezos y ruegos

como el que a un cielo clamara,

y la sirena lo oyó

temblando de voz callada.


Brotó amor entre la espuma

como flor en la borrasca,

y sellaron su destino

con el beso de la calma.

Él la llevó tierra adentro

lejos de la sal del alma,

y ella perdió su escamado

por piernas de humana andanza.


Se casaron en secreto

bajo luna enamorada,

y del vientre de la ninfa

nació estirpe marinada.

“De los Mariño sois hijos”,

rezó el padre con su espada,

“y en vuestro escudo las olas

llevaréis por vuestra casa”.


Mas el tiempo es como el viento

y seca toda esperanza;

cuando murió su marido,

la sirena, sola y pálida,

volvió al mar con paso lento,

desde el puerto a la ensenada,

y en las islas otra vez

la vieron llorar su calma.


Dicen que aún en las noches

cuando rompe la resaca,

canta desde las Mirandas

una voz que abrasa el alma.

Los viejos marinos juran

ver su silueta encantada,

y alzan gorra en su honor

por linaje y por su gracia.

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