Romance del que busca a la sirena

 

Romance del que busca a la sirena



Por la orilla de las aguas,

cuando el pueblo ya descansa,

anda un hombre en la penumbra

con la mirada extraviada.

Bajo faroles dormidos

camina sin rumbo y calla,

buscando en la bruma fría

una voz dulce y lejana.


Dicen que fue marinero,

otros que un loco sin casa,

pero su andar tiene eco

de quien al mar se declara.

Mira al centro de la ría,

donde la luna se alarga,

y alza los ojos al viento

como si esperase el alba.


—¿Dónde estás, sombra marina?

¿Dónde, doncella encantada?

Te soñé sobre las rocas,

con tu escama entrelazada.

Te sentí rozar mi pecho

con tu risa sumergida,

y aunque no vi tu silueta,

supe que estabas, sagrada.


La gaviota le responde

con su carcajada blanca,

y las olas, como espejos,

no le devuelven el alma.

Mas él sigue, noche a noche,

como el alma que se arrastra,

con los labios apretados

y el corazón en añada.


No la vio, pero la siente;

no la toca, mas la abraza;

y en el salitre del viento

cree oír su voz lejana.

—Eras tú, sirena mía,

tú que en la espuma cantabas;

y yo, ciego de tu canto,

dejé el mundo por buscarte.


Pasó agosto y vino enero,

y en la lengua de la playa

siempre el mismo peregrino

con sus pasos se desgasta.

La gente al verlo murmura:

"es el loco de la dama

que se ahogó en las Mirandas,

o fue un sueño que se escapa".


Pero hay noches sin testigos

que la luna se levanta,

y al final del espigón

brilla una figura clara.

No hay certeza ni hay palabra,

solo el rumor de una escama,

y un murmullo que en la sombra

dice: "mi amor, no te vayas".


Y el hombre cae de rodillas,

con los brazos que se alargan,

mientras su sombra se funde

con la del agua callada.

No hay final para esta historia,

ni se sabe lo que pasa;

solo el mar sigue cantando

cuando la noche lo abraza.

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