Romance de la Virgen Corredentora
En la cima del Calvario,
cuando el sol se deshacía,
al pie de la Cruz del Hijo
una Madre padecía.
No fue sombra ni figura,
ni mujer de cortesía,
fue la Nueva Eva en la aurora
que al Dragón desafiaría.
“Corredentora” la llama
Pío XI con valentía,
pues al lado del Redentor
dio su sangre y su agonía.
Y León XIII la ensalzó,
reina de toda alegría,
“Mediadora de las gracias”,
dijo el Papa con María.
San Pío X en su encíclica,
en su verbo que ardía,
la nombró fuente de dones
que del cielo descendían.
Pío XII, sabio y tierno,
que en la sombra discernía,
vio en su Corazón el puente
que al pecado redimía.
No hay un don que no pase
por su pura melodía,
pues la gracia es un torrente
que por su “fiat” corría.
Si el Hijo quiso su Madre
en la Pasión y en la Vida,
¿quién negará su corona,
quién negará su porfía?
Fue en el parto sin mancilla,
fue en la Cruz cuando moría,
fue en el cielo coronada
por la Santa Jerarquía.
Y el demonio que no puede
ni mirar su valentía,
tiembla al oír su nombre
—¡Virgen Santa, Ave María!—
Si callaran los doctores,
si dudara la teología,
gritarían las estrellas:
¡Corredentora es María!
Mas ahora hay quien murmura,
desde cátedra vacía,
que esos nombres —¡oh locura!—
ya no deben pronunciarse un día.
Dicen que basta llamarla
“Madre santa y escogida”,
que no hay más corredención
ni más gracia compartida.
Pero ignoran los misterios
que en su alma se tejían,
cuando el hierro del pecado
en su pecho se hundía.
No fue mera contemplante,
ni pasiva, ni escondida,
fue mujer al pie del leño,
fue la Hostia compartida.
¿Quién podrá silenciar eso
que los Papas repetían,
cuando el siglo aún creía,
cuando Roma no dormía?
Pío IX la declaró
sin pecado concebida,
y en su luz ya presentía
la obra que Dios quería.
Y León XIII cantó
su realeza encendida,
“De ella fluyen las bondades
que el Redentor ofrecía”.
Mas ahora el nuevo verbo,
que al dogma desafía,
bajo excusa de prudencia
a su gloria desafina.
Quieren Madre sin combate,
quieren Reina sin porfía,
quieren cielo sin victoria,
cruz sin sangre, fe sin vía.
Y publican documentos
con sonrisa y cortesía,
donde apagan el incendio
que la fe encendía.
Pero el pueblo, que no olvida,
rezará con osadía:
“¡Corredentora bendita,
Mediadora, Ave María!”
Ni decreto ni despacho
matarán su profecía,
que fue escrita con la sangre
del Verbo y su María.
Mas vendrá, tras las tinieblas,
el fulgor de su alegría,
y del seno de la Iglesia
brotará su profecía.
Cuando el mundo esté rendido,
sin razón y sin guía,
una Dama vestirá
la armadura que ardía.
Y su nombre, pronunciado
en el aire del día,
hará temblar los infiernos:
“¡Corredentora, María!”.
Ya no hablarán los prudentes
con su lengua fría,
ni pondrán notas al dogma,
ni borrarán su porfía.
Porque el Hijo, desde el Cielo,
hará oír su melodía:
“Madre mía, por tu entrega
mi sangre se ofrecía.
Si el varón me dio la carne (1),
tú me diste la agonía;
si el Padre me dio el fin,
tú me diste la vía”.
Y un Papa, entre ruinas santas,
con voz firme y encendida,
alzará su pluma al cielo
y dictará aquel día:
“Sea dicho y sea eterno,
por mandato y valentía:
que María es Corredentora,
Mediadora y Reina mía.”
Y el orbe entero, de rodillas,
cantará su letanía,
y hasta el mármol de las tumbas
brotará de fe y poesía.
Entonces callarán todos
los doctores de mentira,
y el dragón, mudo y vencido,
huirá de su armonía.
Porque el trono del Cordero,
en su luz que no se enfría,
lleva al lado un corazón:
el del Dolor y la Alegría.
Y el sol tendrá por diadema
su sonrisa redentiva,
y la luna bajo el paso
de su planta concebida.
Ya no habrá voz que la niegue,
ni decreto que la enfríe,
porque el cielo proclamará:
¡Corredentora es María!
(1) Adán
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