La invención de Galicia, al margen de la Galicia real e histórica
Hay procesos históricos que no nacen de un día para otro, ni brotan espontáneamente del suelo como si fueran árboles antiguos, sino que se elaboran lentamente en la conciencia de los hombres, se tejen en libros, se difunden en discursos y acaban, con el tiempo, pareciendo tan naturales que nadie recuerda ya su origen. Así ocurre con los nacionalismos europeos, y de modo particular con los nacionalismos secesionistas en España. No son la simple prolongación de viejas patrias medievales, ni la cristalización espontánea de identidades eternas, sino el fruto de un proceso ideológico moderno, cuyo punto de arranque hay que buscar en la ruptura del orden tradicional cristiano y cuyo desarrollo se encuentra, en gran medida, en el romanticismo. Antes del siglo XVIII, Europa no se entendía a sí misma en términos de naciones soberanas, ni concebía la política como el juego de voluntades colectivas abstractas que se autodeterminan. Existían, ciertamente, reinos, pueblos, lenguas, fueros y lealtad...