La Caridad vino en barca

(Romance de Ares y Cuba)



Del viejo puerto de Ares,

donde el salitre bendice,

partieron hombres del alma

buscando panes felices.

Llevaban fe en los bolsillos,

rosarios junto al mechón,

la estampa de un Cristo herido

y el nombre de su patrón.


Allá en las aguas de oriente,

del Cobre y su mineral,

hallaron los galleguitos

otra madre celestial:

una imagen que flotaba,

leve, serena, en el mar,

una tabla que rezaba:

“Yo soy la Caridad”.


Cubana, madre de pobres,

de negros y de español,

de indios y de mestizos,

de esclavos y de señor,

su rostro de miel y cobre,

sus ojos de eternidad,

miraba al que la invocaba

con pura maternidad.


La llevaron entre palmas,

la pusieron sobre el sol,

le ofrecieron guayaberas

y una flor de girasol.

Y los aresanos viejos,

de rodilla y con temor,

le cantaban letanías

como a Reina y Redentor.


Mas el tiempo abrió la herida

del que se tiene que ir.

Y Ares quedó más vacío

cada vez al despedir

a los hijos de su tierra

que cruzaban sin llorar,

con la Virgen en el pecho

y una pena sin contar.


Pasaron años y duelos,

sudores de libertad,

y entre cañas y palmares

nació nueva hermandad.

Pero el alma no se olvida

del regazo que dejó,

y al volver, ya ancianos, tristes,

trajeron a quien amó.


Con galeras y pañuelos,

con incienso y con cantar,

pusieron a la Morena

en la iglesia de su mar.

Y Ares, la marinera,

volvió a latir de verdad

con su Virgen de los mares,

la Virgen de la Caridad.


Hoy se escucha entre los rezos

una voz de ultramarina,

que dice con suave acento:

—Yo soy madre de Galicia.

No me encierres en el cobre,

ni me dejes en altar,

sino llévame en las barcas

cuando vayas a faenar.


Bendigo redes y estachas,

velas, mástiles y pan,

y a todo el que me recuerde

cuando lejos quiera estar.

Mi manto cubre las olas,

mi luz no se apagará.

Soy de Cuba y soy de Ares…

¡soy la misma Caridad!

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